La normalización de la catástrofe y la convivencia con el misterio. Por Odalys Interián
La normalización de la catástrofe y la convivencia con el misterio.
En el patíbulo también se desayuna como en casa. Desde el título, Abel instala una paradoja que atraviesa todo el libro y constituye una de sus intuiciones más perturbadoras: el patíbulo no es únicamente el lugar de ejecución; es también el escenario cotidiano donde transcurre la vida. La frase posee algo de humor negro, algo de revelación y de diagnóstico. Nos recuerda que el ser humano tiene una capacidad extraordinaria para habituarse incluso a aquello que debería resultarle insoportable. Su poesía no nos enfrenta al horror, nos enfrenta a nuestra capacidad de sentirnos cómodos dentro de él. A la facilidad con que la muerte termina formando parte del mobiliario. En estas páginas el desastre no llega como una irrupción extraordinaria; ya está instalado. El poeta camina entre ruinas, hospitales psiquiátricos, ahogados, suicidas, ciudades heridas y relojes que avanzan hacia ninguna parte.
¿Para qué iba a
querer regresar? El libro abre con una pregunta
radical: No hay nostalgia aquí. No hay idealización de la infancia ni del
pasado. Lo que encuentra al mirar atrás es: aquellos pobres
cercados/aquellas voces,/aquel campo de concentración. Aquí el regreso se
enfrenta inmediatamente con una constatación amarga: el lugar al que se vuelve
está contaminado.
En la poesía de Abel Germán la realidad nunca aparece clausurada. Todo parece estar sometido a examen: los objetos, la muerte, el tiempo, el lenguaje, la memoria, Dios, incluso la propia mirada que observa: allí mis ojos se abren solo a los propios párpados. -nos dice- si los ojos están abiertos, deberían mirar hacia afuera: pero aquí se abren a los propios párpados. La visión se repliega sobre sí misma, se contempla lo que ocurre detrás de los ojos. Lo que aparece entonces no es la realidad exterior, sino una proyección interior: se proyecta /a todo color, en la oscuridad y/con un lenguaje críptico, la película. Además, es interesante el dato que añade: a todo color, en la oscuridad. La oscuridad debería impedir ver, sin embargo, es precisamente en la oscuridad donde aparece la película. Como si la verdadera visión no dependiera de la luz exterior. La película pasa en silencio, no tiene guion / solo intenta repetir lo ocurrido o lo que va ocurriendo. El hecho de que «no tenga guion» sugiere una renuncia a cualquier explicación tranquilizadora; los acontecimientos se presentan con la crudeza de lo vivido. También resulta revelador el uso del presente en «va ocurriendo». No se trata solo de recordar el pasado, sino de mostrar que ciertos hechos —o ciertas formas de violencia, de dolor o de historia— continúan desarrollándose.
Nostalgia del lugar correcto del ser. El arte de la inversión.
En Árboles hacia abajo Abel transforma la memoria en una arqueología espiritual. Un árbol invertido, edificios que parecen ataúdes vacíos que se desmoronan, ramas que, cargadas de pájaros disecados entran en la tierra... raíces penetrando /como manos fibrosas en el cielo. Son imágenes potentes que abren una grieta inmediatamente en la percepción del lector. El poema comienza con alguien que regresa, pero no regresa triunfante. Regresa como expulsado. La expulsión atraviesa todo el poema.
Ahora, antes de
ser expulsado,
me miro las puntas
de los zapatos,
puntas sucias de zapatos sucios de viejo, y me doy ánimos.
El comienzo es un
extraño regreso, el lado invertido.
La expulsión es el acontecimiento fundacional de la condición humana en la tradición bíblica. Adán y Eva son los primeros exiliados. Toda la historia humana comienza con una salida forzada. No resulta extraño entonces que en otro momento del poema aparezca esa afirmación tan rotunda: El comienzo está vedado. Decididamente vedado. Incluso los árboles invertidos pueden leerse desde esa clave. No son los árboles armónicos del paraíso. Son árboles de un mundo caído. Un mundo donde el orden original ha sido alterado. Desde entonces, la humanidad vive fuera y la creación parece añorar algo que perdió. Pero lo interesante es que en Patíbulo la expulsión parece estar ocurriendo siempre. No es un hecho acabado, es casi una condición existencial. Como si el ser humano estuviera constantemente tomando conciencia de que vive fuera del lugar al que pertenece. La alteración no ocurre únicamente en el objeto contemplado. Ocurre en la conciencia que lo contempla.
Por eso resultan tan reveladores los versos finales: Esos giros que alteran el cuadro —finalmente trastrocado— y horrorizan al público. El poeta sabe que una imagen verdaderamente poética debe producir un desplazamiento. La inversión no es un mero recurso visual. Abel instala una duda persistente sobre aquello que damos por sentado. De ahí el uso tan particular que hace de pasajes fundacionales —religiosos, filosóficos y culturales—. No los reafirma. Los contempla desde un ángulo inesperado. Y ese pequeño movimiento basta para que recuperen su capacidad de interrogarnos. Sus imágenes son artefactos de pensamiento. No están hechas para ser contempladas pasivamente, sino para intervenir en nuestras certezas. Cada una introduce una leve alteración en el entramado de significados con que ordenamos la realidad. El poeta parece preguntarnos si aquello que consideramos normal no será precisamente la anomalía. Todos estábamos muertos. / Lo raro es esto. Otra vez, lo extraño no sería la muerte, sino nuestra familiaridad con ella.
Ahí reside buena parte de la fuerza de su poesía: en el desarreglo que produce en la mirada. Abel no añade información al mundo. Modifica el lugar desde el que lo observamos. Y cuando eso ocurre, incluso aquello que creíamos conocido recupera una profundidad inesperada. El poema deja entonces de ser una descripción de la realidad para convertirse en una experiencia. Un Dios que habla desde la herida. Cristo crucificándose a sí mismo. El dios demonio. Por eso muchas de sus imágenes resultan incómodas. Ahí nace ese horrorizan al público. No del mero exceso, sino de la alteración de las certezas. El cuadro permanece, pero ha sido trastrocado. Y resulta significativo el verbo que emplea: trastrocado. No destruido. No negado. Trastrocado. Las piezas permanecen. Dios sigue siendo Dios. Cristo sigue siendo Cristo. La eternidad sigue siendo la eternidad. Pero al desplazarse una sola pieza, todo el conjunto adquiere otro significado. La inversión alcanza incluso la manera en que el libro representa el mal. Le basta con desplazar un verbo.
Mientras caigo, el
Diablo
(quiero decir, lo
diabólico)
se acerca, me pasa
por el lado
me olvida a
quemarropa.
El orificio que me
deja allá dentro
es así
●
(como de bala).
La corrección
entre paréntesis no es un detalle. El poema abandona la figura tradicional del
Diablo para hablar de lo diabólico, es decir, de una condición que puede encarnar cualquier realidad.
Pero la verdadera inversión llega inmediatamente después. El agujero aparece
literalmente sobre la página. El poema hace que la tipografía participe
activamente en la construcción del sentido. Es un recurso muy poco frecuente y,
cuando está tan bien integrado como aquí, resulta memorable.
Recuerdan los pósit donde anoté las preguntas /que yo también eché al mar en una botella...
Quien observa demasiado termina descubriendo cosas que preferiría no saber. Quien mira durante demasiado tiempo la condición humana acaba encontrándose frente a preguntas que no admiten respuestas fáciles. El poeta es el hombre que sospecha de todas las respuestas. Un hombre que juega a ciegas, sabiendo que juega a ciegas. Y precisamente por eso resulta tan auténtico, lleva años anotando preguntas y lanzándolas al mar de la poesía. Entrar en El patíbulo, es como encontrar una de esas botellas. Al leerlo descubres que no estás frente a una colección de poemas. Estás leyendo esos pósits, uno tras otro, con preguntas tan hondas y auténticas que terminan convirtiéndose también en las tuyas.
La poesía de Abel es la de una conciencia que conversa con el mundo porque no termina de entenderlo ni de aceptarlo. Pero sería injusto leer este libro únicamente desde la oscuridad. Debajo de sus escenarios apocalípticos, debajo de sus ironías y de sus visiones a menudo desoladas, existe una intensa pasión por comprender. Hay en estas páginas una curiosidad insaciable por el misterio de estar vivos. Incluso cuando el poema se acerca al abismo, lo que impulsa la escritura no es el deseo de caer sino el deseo de entender. Esa búsqueda rara vez se desarrolla mediante ideas abstractas. Abel piensa a través de imágenes; pero sus imágenes no funcionan como adornos ni como simples hallazgos imaginativos. Funcionan como mecanismos de pensamiento. Uno de los ejemplos más claros aparece en Dados. Es el poema de un hombre que sospecha que el universo funciona como una ruleta, pero que no puede dejar de preguntarse quién mueve la mesa. Y esa pregunta, una vez más, termina conduciéndolo hacia Dios. Aunque sea para discutir con Él. Aunque sea para acusarlo de hacer trampas. Por eso convierte la vida en una apuesta, el tiempo en un casino, a Dios en un jugador y al hombre en alguien obligado a participar en una partida cuyas reglas desconoce. El poema parece hablar del azar cuando en realidad habla de la necesidad humana de encontrar sentido incluso dentro del azar.
La cuestión de Dios en Abel no nace de la certeza, sino de la dificultad. Surge de la imposibilidad de ubicarlo en un mundo atravesado por el sufrimiento, la muerte, el azar y la pérdida. Cuanto más contempla el desorden de la realidad, más inevitable se vuelve la pregunta. Dios no aparece como una conclusión, sino como un problema. No como una respuesta cerrada, sino como el centro de una interrogación permanente.
Nostalgia de algo que debería ser y no es.
El poeta todavía se asoma al borde y se pregunta si verá la lluvia desde el arca. Y ese gesto, dentro de una poesía tan consciente de la pérdida, tiene un enorme peso. Detrás de la devastación, detrás del descontento, detrás de la interrogación permanente, hay un hombre que todavía no ha dejado de echar de menos el mundo que no encuentra. Y esa ausencia es precisamente la que alimenta su poesía.
Lo que aparece una y otra vez es la sensación de que el mundo no es lo que debería ser. Y esa es una forma muy particular de nostalgia. Si el mundo fuera simplemente absurdo, no habría protesta. Habría resignación. La protesta implica comparación. Implica que existe una medida interior, una idea de plenitud, de justicia o de sentido frente a la cual el mundo resulta insuficiente. Por eso resultan tan significativos esos versos donde se cuela una rendija. Piensa en Manuel dormido mientras el mundo se derrumba a su alrededor, en las golondrinas que quiere imaginar que sobreviven, en Una hija, donde el futuro sigue amasándose en silencio. Un puñado de rostros amados que no desaparecen. Hay algo que el poeta presiente sin llegar a nombrar. Algo que no puede demostrar ni explicar, pero cuya posibilidad se resiste a abandonar.
Basta (por decirlo
de otro modo) con que en ese vacío
los charcos de
lluvia aún nos reflejen.
O sea, conque haya
lluvias y
no seamos un vampiro.
No hace falta una
certeza absoluta ni una respuesta definitiva. Basta con que todavía exista un
reflejo, con que algo de nosotros siga apareciendo en el mundo.
Entre la sospecha
y el deseo, entre la lucidez y la imaginación, Abel encuentra una de las
tensiones más fecundas de su poesía. Es allí donde sus preguntas adquieren
profundidad humana. Y es también allí donde, de vez en cuando, aparece la luz. En Doce dice: Las mismas. Porque
quiero imaginar que las anteriores (...) han sobrevivido. Aquí la esperanza
aparece como acto de voluntad. A pesar de todo, no ha perdido la capacidad de
imaginar; a veces es lo único que queda. Por eso, en ese poema, las golondrinas
son mucho más que golondrinas: son todo lo que hemos perdido y querríamos creer
que sigue existiendo. Y esos momentos son tan escasos dentro del libro que
adquieren un valor enorme. Son pequeñas luces precisamente porque están
rodeadas de oscuridad. Nos dejan ver algo que suele permanecer oculto en esta
poesía: la capacidad de imaginar que algo permanece. Ahí está la delicadeza del
poema. Porque no abandona la lucidez. Sabe perfectamente que el tiempo
destruye, que las golondrinas probablemente no son las mismas. Pero aun así se
concede el derecho de imaginarlo. Y para un poeta como Abel, ese pequeño gesto
vale muchísimo. Diría incluso que ese quiero imaginar es una de las
formas más puras de esperanza que aparecen en el libro. Su poesía nace de una
inconformidad radical con la realidad, pero esa inconformidad no procede de la
desesperanza, sino de la persistencia de una esperanza que se niega a
desaparecer del todo.
Yo veo también al
hombre que la contempla. Un hombre lúcido. Inconforme. Extraordinariamente
atento. Alguien que ha envejecido observando cómo se deterioran muchas cosas y
que, aun así, conserva intacta la capacidad de asombro. Alguien que sigue
haciendo preguntas porque las respuestas todavía le importan.
Odalys
Interián


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