ESE AGUJERO NEGRO QUE NOS ABSORBE / por José Hugo Fernández
ESE
AGUJERO NEGRO QUE NOS ABSORBE
Dramatizada,
cantada o declamada desde las culturas más remotas, la muerte ha sido envuelta
pródigamente en todo tipo de figuras literarias, tantas como diversas son las
formas de percibirla por los humanos. Desde el miedo -que es con amplia ventaja
su mayor ascendente-,
hasta el efecto inspirador como posible vía de transición hacia otras vidas. Son
extremos sobre los que gravita una rica glotología cuyos detalles sobrepasan el
objetivo de estas notas. Lo que nos importa para el caso es el modo en que la
metáfora servida por el poema de Thomas lograría resumir todos los demás
recursos lingüísticos empleados para expresar nuestras sensaciones ante la
finitud de la vida.
En
Palabras para llenar la muerte, la más reciente publicación de la
Editorial Dos Islas, abundan muchos y muy buenos ejemplos de esos recursos.
Pero, como no podría ser menos, ya que se trata de un libro que reúne poemas sobre
la muerte escritos por tres magníficos poetas, Odalys Interián, Abel Germán y
Andrés Díaz Castro, remite particularmente al símil basado en los versos de Dylan
Thomas.
La
idea del agujero negro que nos absorbe sin distinciones sea cual fuere nuestra
posición ante su impacto, otorga un equilibrio especial (y un valor agregado,
estéticamente hablando) a este poemario con tres enfoques de esencias dispares
acerca de la muerte, pero que, no obstante, armonizan para establecer un corpus
único, indivisible casi podríamos decir, gracias al portento de la poesía.
Odalys
vive con la muerte a cuestas, arrastrándola como en una especie de feroz
consuelo por mantener vivo el recuerdo de sus íntimos fallecidos (Me quedo
como Dios/ recojo la expatriada figura de tu sombra/ las inútiles migajas /
rondando los abismos/los estériles verbos de la oscuridad…). Andrés se
muestra en shock, paralizado ante el fallecimiento de un ser amado, inerme y
descreído (La eternidad es la/ mirada de un búho de/ piedra en el corazón
de/ la noche…). Abel cree haber visto cómo la muerte se le acercaba (La
Nada se viste de mí, imita mis gestos, se divierte/ borrándome…). Odalys no
encuentra refugio, ni consuelo, más allá de sus versos (Estoy en la aislada/
memoria donde se quedan/ los ruidos de la muerte…). Andrés se amuralla en
su dolor, negado a pasar página (Los olvidos huelen a oquedad tremor infecto
que sustancia la ruina del tiempo). Abel, desafiando el razonable temor,
escupe a la muerte para mantenerla a distancia, como suelen hacer los camélidos
ante algo que los importuna (Dos veces me han rozado las balas… dos veces.
Y/ no dejo de correr en zigzag como/ corre todo el que huye/ La vida es eso…
Sin
duda alguna, la vida es eso (o así también lo creo yo). Razón por la cual reluce
tan vívido este poemario que sintetiza en cada pieza la esperanzadora salud de
la poesía cubana contemporánea, reafirmación de que, por más absorbente y enigmática
que resulte la muerte, siempre el acto de vivir seguirá generando maravillas. Así
como la poesía continúa siendo más vivaz que la propia vida.
José
Hugo Fernández, Miami, septiembre de 2025.
El escritor habanero José Hugo Fernández ha publicado una treintena de libros, entre ellos, las novelas Los jinetes fantasmas, Parábola de Belén con los Pastores, Las mariposas no aletean los sábados, Mujer con rosa en el pubis, Florángel, El sapo que se tragó la luna, El tigre negro, Cacería, Agnes La Giganta o El hombre con la sombra de humo; los libros de relatos La isla de los mirlos negros, Yo que fui tranvía del deseo, Hombre recostado a una victrola, Nanas para dormir a los bobos, Muerto vivo en Silkeborg o La novia del monstruo. Los libros de ensayos y crónicas Siluetas contra el muro, Los timbales de Dios, La explosión del cometa, Rizos de miedo en La Habana o Entre Cantinflas y Buster Keaton. Reside actualmente en la ciudad de Miami.


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