Un descenso lúcido por los Fantasmas Plásticos / Lidice Megla.
Un descenso lúcido por los Fantasmas Plásticos
He terminado de leer el poemario "Fantasmas plásticos" de Abel Germán Díaz Castro, publicado por Editorial Dos Islas, y siento que he hecho un descenso lúcido por el hueco donde la realidad entrelaza y despliega su propia realidad.
Un líquido propicio y muy de Abel baja por el embudo de la realidad, se despliega como oro negro en arenas bituminosas a través de estos poemas, poniendo ante el lector un cuaderno de tránsito por el mundo y la memoria, un mundo en el que el poeta se sitúa en una posición liminar, consciente de la fugacidad de la experiencia y del carácter provisional de toda visita.
Desde
el epígrafe de Pasolini, el libro nos invita a recorrer los márgenes de la
realidad, a observar cómo lo tangible se disfraza de eterno y cómo todo lo que
parece sólido se revela inestable.
El poemario está articulado en extremos, en movimientos y proporciones inversas que dialogan con la idea de límite, borde y desborde. En el primer poema, se nos presenta la imagen de la esfera: tierra, agua y fuego reunidos en un solo objeto, que a su vez encierra la trampa de lo contenible y lo inasible. Sin alardes, Abel va sembrando una atmósfera de reflexión donde la memoria aparece como una mano vacía y el deseo de retener lo efímero se transforma en una búsqueda perpetua.
Pero
la riqueza de "Fantasmas plásticos" no se agota en su inicio. A lo
largo del poemario, el autor explora diferentes registros, alternando la prosa
poética y el verso, para abordar temas como el paso del tiempo, la erosión de
lo cotidiano y el cansancio de la saciedad. La mirada de Abel es minuciosa, a
veces escéptica, pero nunca indiferente: sus poemas recogen la huella de lo que
se pierde, la persistencia del instante y la tensión entre lo visible y lo
oculto. La imagen del destello, en vez de la explosión o el acontecimiento
grandilocuente, se repite como símbolo de una revelación mínima, que apenas
logra transformar el andén —o cualquier espacio cotidiano— en tierra quemada,
en resto.
En otros textos, Abel dialoga con la tradición y la modernidad, evocando tanto el desgaste de las palabras como el peso de las imágenes que intentan fijar una falsa inmortalidad. Sus versos se nutren de una ética de la mirada, evitando el énfasis y el exceso, y prefiriendo la sugerencia, el silencio y la enumeración precisa.
Hay ecos, en su trabajo, de poetas como José Ángel Valente, por la depuración y la búsqueda del esencialismo; de Alejandra Pizarnik, en la exploración de la ausencia y el vacío; y de Juan Gelman, por la manera de rodear el dolor sin caer en el sentimentalismo.
La poesía de Abel resiste la tentación de dar respuestas y, en cambio, plantea preguntas, insinúa posibilidades y bordea las certezas. En este sentido, se puede mencionar fugazmente a Charles Simic, quien también encuentra en lo cotidiano y en lo absurdo un punto de entrada a la realidad, pero la propuesta de Abel se distingue por una sobriedad y una contención que lo acercan a otras genealogías poéticas.
En suma, "Fantasmas plásticos" es un libro que rehúye el espectáculo y prefiere la observación rigurosa, la escucha atenta, la elaboración lenta de la experiencia. Los poemas, lejos de ofrecer consuelo, nos invitan a convivir con la incertidumbre y a reconocer la precariedad de lo que creemos poseer; y esto, el poeta, lo aborda como una misión, una misión que respeta y lleva a la más elevada profundidad.
Por
ello, con estos poemas, Abel Germán Díaz Castro confirma una vez más una voz
propia, capaz de convertir el tránsito por el mundo en una forma de pensamiento
poético, donde cada destello es, apenas, una señal de que la realidad es esa
fiera que continúa, siempre, en los bordes, al acecho...
Lidice
Megla.
Nanaimo,
Vancouver Island. A 1 de septiembre de
2025.
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